La mosca en la sopa

Hubo una vez una persona que pidió una sopa en un restaurante.
En la sopa, se coló una mosca. Fue un momento desagradable para esta persona, inolvidable, se puede decir: su rica sopa invadida por un insecto. La persona devolvió la sopa, peleó con el chef del restaurante, no aceptó las disculpas y se fue molesto.
Desde ese momento hasta el presente, en cada restaurante que va pide una sopa y sin siquiera degustarla, comienza a buscar la mosca que “podría impedirle” el disfrute de la misma, sin darse cuenta que él mismo frena o paraliza su posibilidad de goce con la búsqueda de eso “malo” que cree puede venir y sorprenderlo.

Por ahora, sigue buscando la mosca. Lo que aún no sabe es si busca la primera o una nueva. Y mientras tanto, no hay sopa o restaurante que le sirva.

 

Para reflexionar:


¿En qué se parece esto a tu vida?

¿Te pareces a esta persona?

¿Disfrutas lo nuevo que te ofrece la vida o aún estás viviendo en el pasado?

¿Qué harás la próxima vez que vayas a un restaurante y pidas una sopa?

La frustración – El tema no es sentirla, sino qué hacer con ella

Si nos imaginamos a un niño de unos 5 años a quien le acaban de comprar un cucurucho repleto de helado y a los minutos se le cae al piso su helado, ¿Qué creés que sentirá? ¿Cómo reaccionará? ¿Qué hace o dice el adulto que lo acompaña?

 

Es probable que el niño llore o se moleste. Perdió algo que deseaba, que tenía entre sus manos y que le gustaba. En dos palabras: siente frustración.

 

Si un adulto viene y le dice “Tranquilo, todo está bien”, “No pasó nada”, “No llores, es solo un helado”, es probable que lejos de sentirse mejor, el niño se sienta aún más rabioso.

 

La frustración es una de esas sensaciones que tiene mala publicidad. Parece que es “malo” sentirse frustrado. Ahora bien, ¿Es tan malo frustrarse? ¿Qué tan terrible es sentir frustración?

 

Si hay algo que se es frecuente en la nuestra vida, es la frustración. No todo sale como lo deseamos. Ejemplos: Quiero que salga el sol y llueve. Me quiero ir de viaje y no puedo. Quiero dormir hasta tarde y debo levantarme para ir a trabajar. Todos los ejemplos son muestras de pequeñas frustraciones que vivimos a diario, quizá la diferencia sea la forma en la que la maneja cada uno.

 

La madurez o el crecimiento personal no están vinculados con NO frustrarse. Desde otra mirada, lo interesante es  qué hacemos cuando tocamos esta sensación de no haber logrado lo que se deseaba, de haber perdido lo que se tenía, de que las cosas no salieron como esperábamos.

 

 

¿Dónde coloco el foco de atención? Si no logré algo que deseaba, puedo solo enfocarme en esa meta no alcanzada y de esta manera, sentir aún más frustración. En cambio, al ampliar la mirada, se encontrará una nueva respuesta o una nueva opción.

 

Por otra parte,  ¿Cómo me acompaño en este tránsito? ¿Cómo soy conmigo en ese momento de frustración? ¿Me ayudo o me critico? Si me “mal trato”, el sentimiento negativo puede incrementarse. Sería como decirle al niño que se le cayó helado  por su culpa y darle toda una lección sobre el hecho.

 

El secreto, si puede llamarse de alguna manera, es descubrir cómo deseo caminar conmigo. Entender a mi frustración y saber que hay “algo” que quería y no tengo y que esa situación me genera pesar o molestia. Ser tolerante conmigo y darme más ayuda y menos críticas.

 

Realmente la meta no es NO sentir frustración. Sino atravesarla de la mejor manera, para que al final de este trayecto, pueda haber sacado algún aprendizaje de la experiencia y esté listo para la próxima aventura.

 

Ser y parecer

Hace poco conversaba con una amiga sobre estas dos palabras y la importancia de su vinculación: ser y parecer.
Y es que una cosa es SER y otra PARECER. Parece simple, ¿realmente lo es? ¿Soy o parezco? ¿Soy y parezco? ¿Parezco pero no soy? ¿No parezco lo que soy? ¿Soy una cosa y parezco otra?Es mucho más que un juego de palabras. Tiene que ver conmigo y con mi ser y estar en el mundo.
Por ejemplo: Una mujer puede ser la más dulce y sensible del mundo y parecer muy dura por fuera. ¿Con qué se quedan las personas que la miran? ¿Con lo que la mujer es o con lo que parece? ¿Con qué se queda ella o con qué se identifica ella? ¿Con lo que es o con lo que parece?
A veces podemos necesitar tanto PARECER que nos olvidamos del SER. ¿Y a dónde nos puede llevar esto?
Si PAREZCO pero no SOY, es una fachada. Si SOY pero no parezco, me sigo ocultando tras la fachada. ¿Dónde estoy y dónde quiero estar?
El SER tiene que ver con mi esencia. Con lo que se parece a mi naturaleza, por lo menos en este momento. Tiene que ver con lo que se parece a mí, con lo que me siento cómoda o cómodo. Con lo que vibro o vibra conmigo. No siempre me muestro tal y como SOY, puedo elegirlo y mostrar parte de mí.

El PARECER tiene que ver con “mi fachada”. Lo que aparento. No necesariamente tiene que parecerse a mi SER. O por el contrario, puede parecerse a mi SER. ¿De quién depende esto? De mí. Yo lo elijo.

Podemos ir por la vida SIENDO una cosa y PARECIENDO otra. También podemos elegir que nuestro SER y nuestro PARECER se unan más. Y también puedo SER, saber que soy y elegir cuánto muestro a los otros y en qué momento lo hago.

¿Quién es el responsable de tus necesidades?

Una mujer está molesta con un hombre. Está más que brava, está furiosa. Desea y necesita hablar con este señor y decirle lo que siente. Eso lo tiene claro.
En una conversación previa, él quedó en llamarla. Ella está esperando la llamada que aún no llega. Mientras tanto, su necesidad sigue sin ser satisfecha y por lo tanto, la situación sigue estando abierta y la molestia presente.
El cómo
Bien indica la teoría sobre Psicoterapia Gestalt que el tema de las necesidades no se trata de tenerlas o no, pues todos los seres humanos las experimentan. El verdadero tema es CÓMO cada organismo las satisface.
En el ejemplo anterior se puede mirar. La cuestión no se trata de la molestia de esta mujer, sino lo que hace ella con su molestia y cómo la canaliza.

La primera trampa: evitar
Uno de los obstáculos que nos ponemos las personas para no satisfacer nuestra necesidad es cerrarnos el paso hacia “eso” que estamos requiriendo. Si bien no lo hacemos de manera consciente, igualmente lo hacemos.
Siguiendo con la historia anterior de la mujer molesta. Ella estaba tan brava que decidió apagar su teléfono, borrar al hombre de sus listas de contacto en diferentes medios, no estar disponible para él. Suena contradictorio, ¿Verdad?

¿Cómo es que si mi necesidad es hablar contigo, cierro los medios para comunicarme contigo?

 

Segunda trampa: sin responsabilidad


Si evado mi necesidad y la dejo en manos del otro, estoy entregando mi destino al afuera. Ya no soy responsable de lo que me sucede y son los demás, sean quienes sean, los que deciden y tienen la potestad sobre mis estados de ánimo y lo que logro satisfacer o no.
La mujer sigue molesta con el hombre. Él no ha llamado. Ella espera la llamada. ¿De quién es la necesidad y de quién es la responsabilidad de satisfacerla? Quizá la necesidad de él sea diferente a la de ella y por eso no llama. No lo sabemos.
Si bien es cierto que no siempre necesitamos estar “cara a cara” para cerrar una situación abierta, es muy importante que comencemos a mirar nuestras necesidades y entendamos que somos nosotros los que podemos hacer algo por ellas, por lo menos intentarlo.

 

Elección y responsabilidad

¿Este trabajo o el otro? ¿Solo o acompañado? ¿Esto o aquello? Las personas pasan por momentos en los que pareciera que se abre una intersección inmensa frente a ellos y necesitan tomar una decisión. La gran pregunta parece ser qué hacer ante esta división, de tal manera que todo salga bien. ¿Será posible?

Un dilema es una disyuntiva. La duda entre ir a la derecha o a la izquierda, entre subir o bajar, entre hacer “esto” o “aquello”. Ambas opciones parecen atractivas o beneficiosas, he allí el tema. Todos los seres humanos vivimos en algún momento de la vida esta situación.
Resulta complicado delimitar cuáles son los temas fundamentales que pueden generar dudas o incertidumbre en las personas, pues para cada quien, su problema no solo será el más grande y el más importante, sino que además cada historia es completamente diferente a la siguiente. No hay dos casos que se parezcan, incluso aunque aparentemente se traten de lo mismo.

Así mismo, es imposible pensar que las personas van a experimentar una existencia sin preocupaciones, retos, disyuntivas o inconvenientes. Esto es parte inherente a la vida.
Entonces, ¿Cómo evitar el arrepentimiento? ¿Cómo no decir la clásica frase “qué hubiera pasado si…”? ¿Cómo escoger el camino correcto o adecuado? Grandes preguntas. ¿Cuáles serán las respuestas? ¿Existirán?

Elección y responsabilidad
En este tema, entra un aspecto muy importante, como es nuestra capacidad de elegir. Podés hacerte estas preguntas a manera de reflexión: “¿Desde dónde estoy escogiendo? ¿Desde mis necesidades? ¿Desde lo que dice la sociedad, mi familia, mis mandatos internos? ¿Para qué elijo? Y por sobre todas las cosas, ¿Realmente necesito tomar una decisión en este momento?”.

Es posible que ciertos dilemas tomen un tamaño más grande por algunas de las preguntas descriptas en el párrafo anterior. Si una persona requiere tomar una decisión y siente que su familia o sus valores interfieren en ella, es probable que esta selección se le dificulte aún más. Cuando podemos elegir desde nosotros y nuestras necesidades más genuinas, se hace más sencilla la escogencia.

El siguiente aspecto a tomar en cuenta tiene que ver con la responsabilidad. Es decir, hacerse cargo de lo que se decide. En algunos momentos, aunque suene paradójico, pareciera mejor quedarse en el “sí, pero no”, que escoger una de las opciones. La persona sabe que su decisión, sea cual sea, tendrá consecuencias, y esto puede generar más temor que la elección misma.
No se trata de vivir sin dilemas. Todo lo contrario, es sobre enfrentarlos, vivirlos, atravesarlos. Huir de las decisiones no parece ser la opción indicada. Estar en contacto con uno mismo, con el sentir, con lo que se necesita y con las posibilidades reales, es lo que garantizará minimizar la angustia y vivir la elección desde otra perspectiva.

La pareja y el carruaje | Reflexión

Se me ocurre que una relación es como una carreta. Un carruaje que parte de un lugar e intenta llegar a otro. Un carruaje que tiene un cochero que la dirige y quizá unos pasajeros que disfrutan o no, del paseo.

Preguntas:

Si tu relación es un carruaje, ¿Sabes de dónde partió? ¿Sabes hacia dónde va? ¿Tiene un punto de llegada o una meta? ¿En qué parte del camino vas?

Si tu relación es un carruaje, ¿Qué rol juegas tú? ¿Eres el cochero o un pasajero? ¿Siempre juegas el mismo rol o lo alternas con tu pareja? ¿Te gusta el puesto que has ocupado en este viaje? ¿Lo cambiarías o lo dejarías igual? ¿Qué cambiarías?
Para reflexionar:

A veces estamos en una pareja y no sabemos para qué estamos en esa relación. Qué aspectos, además de la pasión, el amor y la compañía, nos llevan a estar con esta persona y a entregarnos a ella.
Es como si fuéramos en el carruaje sin saber qué hacemos allí ni para dónde vamos.

A veces podemos estar en una unión sin saber cuál es nuestra meta e incluso, cuál es el objetivo en conjunto (si es que lo hay). En la relación nos colocamos objetivos, tenemos un camino establecido (más allá de que esa ruta pueda variar en el tiempo)
Es como si fuéramos en el carruaje sin un mapa a bordo.

A veces estamos en una pareja en la que llevamos el peso de toda la unión. Tomamos decisiones, las ejecutamos, complacemos, hacemos, damos y poco pedimos. Cuánto tiempo puede sostenerse esta situación.
Es como si en el ejemplo de carruaje, jugáramos el rol del chofer de la carreta.

A veces estamos en una relación en la que solo somos espectadores. Nuestro consorte resuelve, dice, planea, hace, toma decisiones, sube, habla, nos da, nos da, nos da, nos da. Y poco recibe. Cuánto tiempo puede sostenerse esta situación.
Es como si en el carruaje, nos comportáramos como un pasajero más.

No hay un viaje perfecto. No hay un rol perfecto. Cada persona podrá escoger su carreta y el puesto que quiera ocupar en ella. Tomar conciencia de dónde estoy ahora me podrá ayudar a mirar a dónde quiero llegar y cómo quiero hacerlo.

Estar en pareja es un viaje. ¡Disfrútalo!

El ejemplo de la torta

Marcelo se despertó con ganas de preparar una torta de chocolate. Se levanta animado de la cama y se va al supermercado más cercano a comprar los ingredientes para el postre.

Compra huevos, leche, harina, chocolate. Pero ¡Oh, sorpresa! Cuando va a buscar la mantequilla de la marca que le gusta: no hay. Marcelo agarra una rabieta y deja todos los ingredientes en el supermercado y se va a su casa con las manos vacías. No hay torta y hay mucha frustración.

¿Cuántas veces vives este ejemplo en tu vida? ¿Cuántas veces dejas de hacer algo que quieres porque uno de los ingredientes no está como deseas? ¿Qué ganas con esta actitud?

¿Cómo sería la historia si fuera diferente?

El mismo Marcelo, con las mismas ganas de preparar la torta, descubre que no hay de la mantequilla que él quiere comprar. Se dirige a otro establecimiento y tampoco hay. Va a un tercero y se terminó. En el cuarto mercado, se anima a probar algo diferente y compra otra marca.
Va a su casa y hace la torta de chocolate. Si bien, el postre no le quedó exactamente como la él le gusta, se dio cuenta que no le quedó ni mejor ni peor que otras veces: simplemente le quedó diferente. Era otra torta.

No siempre los hechos van a suceder como lo deseamos. Las personas no son como nosotros queremos. Y cualquier cosa puede pasar.

Es nuestra decisión hacer “la torta” o no. Es nuestra decisión buscar otros ingredientes, marcas, posibilidades o quedarnos con lo que hay. Podemos negociar o no. Podemos estar o marcharnos. Es nuestra vida y nuestra torta.