El trabajo como…

Son infinitas las respuestas si pensamos  qué sentido le otorgamos a nuestra labor diaria. Si recorremos los supuestos, podremos identificar más rápido con cuál nos identificamos más.

Encontrar un sentido que nos haga sentido convierte al día laboral en un placer, que nos motiva y nos torna más productivos.

Veamos cuáles son algunas formas en que  concebimos el trabajo:

El trabajo como refuerzo de nuestra identidad. El trabajo supone un lugar de relación y encuentro con otras personas. Buscamos en nuestro trabajo un grupo de pertenencia para integrarnos y reflejarnos. El trabajo se convierte, entonces, en un lugar de refugio para aislarnos del “afuera”.

Si perdemos el trabajo perdemos nuestra identidad. Nos sentimos desamparados y abandonados a nuestra suerte sin protección alguna.

El trabajo como una producción. El trabajo es ante todo estar haciendo algo: tareas concretas y definidas en el tiempo. No hay espacio para la teorización o la investigación. Lo importante es estar produciendo. No importa el qué.

La pérdida de trabajo en este caso, se vive de manera angustiosa, ya que rápidamente aflora un sentimiento de improductividad: “no sirvo para nada porque no produzco nada”. En muchos casos,  nos apresuramos a enviar nuestro currículum y presentarnos a todo tipo de puestos, sin frenar para diseñar un plan, un proyecto.

Aparece aquí el riesgo del agotamiento y la frustración: hice todo lo que pude y aún no consigo nada significativo para mí.

El trabajo como un resultado. Tengo un objetivo y lo voy a cumplir. Me focalizo, me esfuerzo, compito para conseguir lo propuesto. Bajo este planteamiento, la persona necesita conocer el fin, el para qué de su trabajo.

Ante entornos laborales indefinidos, donde el resultado aparece lejano en el tiempo y donde no somos capaces de darnos cuenta del valor que aportamos en la “cadena de producción”, nos sentiremos incómodos, insatisfechos, frustrados.

El trabajo como tiempo. El trabajo nos ayuda a ordenar nuestra vida. Nos planificamos por momentos: momentos de ocio, momentos con la familia, momentos de trabajo.

¿A cuántas personas conocemos que no saben estar de vacaciones? ¿No saben o no pueden…? Siguen madrugando, intentan mantener sus horarios de oficina aunque no estén en ella, organizan reuniones. Sin el trabajo pierden el orden de su día y de su vida.

El trabajo como un territorio. Un territorio en el que me expando, un territorio en el que domino, donde cada vez asumo más responsabilidades. Lugar donde me desarrollo profesionalmente y ejerzo influencia, de manera formal o informal, tengo poder y responsabilidad.

El trabajo como estatus. “Soy alguien en la empresa, soy alguien en la vida”. Mi actividad profesional es reconocida y valorada por la sociedad.

Si pierdo mi trabajo, ¿quién soy? (esta es una buena pregunta, y deberíamos hacérnosla a menudo para no perder el norte).

El trabajo es donde ejerzo como un profesional. Es donde pongo en uso al máximo todas mis capacidades, mis competencias. Es donde aplico un método y realizo un trabajo bien hecho.

En muchos casos, estas personas ante una pérdida de empleo buscan refugio en la formación, en un hobby, en alguna actividad donde se sienten realizados. También afrontan su búsqueda de empleo de manera metódica y organizada.

¿En cuál de todos estos ejemplos te encontraste?

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